Aquel día, cuando advertí decepción en Miller, supe que debía dejar atrás el recuerdo de mis antiguos amigos, para dar la bienvenida a los nuevos. No sin antes sincerarme con él, el mejor y más atento oyente sobre la tierra. Me miró atentamente durante horas, con sus diminutos e intensos ojos, a medida que cambiaba de posición. Cada palabra de mi discurso era como una clave de cercanía y complicidad, a su modo me consolaba, consciente de que mis lágrimas eran un adiós doloroso a una parte de mi pasado, y los recuerdos que habían dibujado mi ser en el ayer, se esfumaban para no herirme más en el mañana. Al final, acabamos acurrucados en una esquina.
Yo escuchaba su corazón e imaginé que me sumergía en su interior, allí en la oscuridad, una luz latía saludándome, y al abrir los ojos, su imagen juró que jamás me abandonaría. Aquella promesa me devolvió la maravillosa sensación de ser indipensable para alguien


